jueves, 2 de marzo de 2017

Enamorada


ENAMORADA


Él rozó sus manos y ella sintió que su cuerpo entero vibraba de secreta emoción:

H

acía algunas semanas que él venía dándole ciertas señales que primero la ilusionaba y después la confundía. Cómo era posible que todo un gran señor se fijara en ella que era tan pequeña e insignificante; un morenazo alto que medía casi seis pies, entradito ya en los cuarenta años. Ella sabía que había una notable diferencia de edad entre ambos, pero su locura temporal le insistía constantemente que para el amor no existe la edad ni el color ni nada. No hay barreras cuando el amor se manifiesta de una manera tan real, tan sublime, incluso cuando con sólo mirarlo ella se sentía viva, se sentía mujer con deseos de entregarse y de ser amada . Él era la figura máxima en su iglesia (después de Jesús, claro está); era el pastor recién llegado con un  impactante testimonio. Su rostro mostraba las cicatrices dejadas por la lucha que protagonizó en su vida con el enemigo. Sus orejas evidenciaban las peores cicatrices quedando carcomidas por una lepra de la cual fue sanado, gracias a la fe y la continua oración. Ese era su testimonio constante, sobre el cual Sixto se apoyaba para hacerle ver a sus feligreses que él también sabía lo que era el sufrimiento y la enfermedad.

Sixto contaba con el apoyo incondicional de todos los hermanos y hermanas de la iglesia. Sus planes eran expandir sus territorios y salir a predicarle a todas las personas posibles con la intención de llenar la iglesia de almas nuevas que, aunadas a los miembros regulares, conformaran una iglesia más grande y más fuerte. Ella se fue enamorando poco a poco, primero de sus predicaciones, después de su corpulenta apariencia. Él, curioso y perspicaz, había adivinado sin mucho esfuerzo aquel secreto guardado con gran recelo tras un inocente y dulce rostro cubierto por un velo de encaje blanco. Con el pasar de los días la amistad entre ambos se hizo más fuerte. Él la visitaba en su casa y ella, buena cocinera al fin, lo agasajaba con los mejores manjares. A veces comenzaban a hablar en inglés porque ambos dominaban el idioma y en una que otra ocasión ella amablemente le recordaba que no era de buenos modales hablar inglés en frente de otras personas que no entendían el idioma, a lo cual él asentía dándole la razón.

La relación se fue tornando un poco más evidente para los familiares de ella y comenzaron a sentirse incómodos por las diferencias que existían entre ambos. Sixto siempre les aseguraba a todos que la relación era solamente de amistad, pero ella, totalmente enamorada, comenzó a defender su amor con uñas y dientes: "Soy una mujer mayor; tomo mis propias decisiones y nadie debe intervenir con ellas". Entonces todos la obedecieron y dejaron de intervenir en los asuntos que a ella concernían. Él, aprovechando esa coyuntura, continuó trabajando en su plan de conquista. Él le había hecho la observación de que ella se merecía vivir mejor. Le comentó que la casa de ella era muy pequeña y que realmente ellos dos necesitaban algo más espacioso para vivir: "¿Qué te parece si vendes esta casa y con el dinero compramos otra más grande?". "No, yo no puedo vender esta casa porque realmente esta casa no se hizo para venderse". Después de esa contestación no se habló nada más sobre el asunto. En vez de eso, Sixto siguió insistiendo en conseguir un mejor lugar donde ambos pudieran disfrutar de su amor en plena libertad y sin rendirle cuentas a nadie.

Dicen que el enamoramiento se produce después que el cerebro segrega una sustancia especial. Ésta enajena totalmente al ser humano dejándolo desprovisto de herramientas para ver realidades que otras personas pueden ver con completa claridad. Ella estaba totalmente enamorada y no tenía la claridad mental suficiente como para discernir las malas intenciones de este pseudo pastor que se había convertido en el gran amor de su vida. Caminar junto a él, agarrada de su fuerte brazo, la hacía sentirse más que privilegiada, orgullosa y envidiada por todas las demás feligresas, que también secretamente guardaban un sentimiento especial para él . La espera para entregarse a él le parecía infinita. Con mucha ilusión preparaba su ropa interior, su "babydoll" roja, sus talcos y sus perfumes.

Los enamorados hacían planes sobre su futuro y hasta hicieron las gestiones para rentar una casa. Fueron al banco y retiraron lo que a ella le costó casi toda una vida de sesentaicinco  años reunir. Ella le entregó el dinero a Sixto para pagar la casa que habían rentado. Mientras tanto, preparaba la mudanza para irse a disfrutar de ‘su gran amor’ en su nueva vida. Esta era la última oportunidad que la vida le entregaba de ser completamente feliz.

Sentada en el balcón de la casa esperaba ansiosamente a su amado Sixto. Esperó un día, dos días, tres días... mientras la tristeza retorcía su esperanza y la incredulidad la fortalecía. ¡Sixto jamás regresó! Su ilusión marchita, rota, encorvó sus espaldas de ochenta años; la última decepción de amor, su último gran dolor. Después de algunos meses se sacudió la pena, se despojó de los malos pensamientos y decidió seguir viviendo. Como en un cuento infantil, apareció un hada madrina con una varita mágica borrando completamente de su memoria aquella vergonzosa experiencia. Durante doce años más fue feliz de nuevo y luego... se quedó dormida.

 

A Sixto Rodríguez,

escoria humana, vergüenza del evangelio.

 

 

miércoles, 1 de marzo de 2017

SE REPITE LA HISTORIA

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R

egresar a la patria es como volver a nacer. Cuando vuelves, la persona en la que te has convertido se queda de vacaciones y te regresa la esencia de antaño:

Cada vez que voy a la isla experimento una nostalgia tal por el lugar donde pasé mis primeros años de vida que, en una manera u otra, intento visitarlo. Pero tenemos un pequeño problema y es que ahora el lugar es propiedad privada y lo que era el camino principal que nos llevaba a casa está cerrado por un portón de tubos de metal.

Hace dos años atrás le hice saber a mi familia que no me iría de Puerto Rico sin visitar mi amado campo. Nos reunimos un grupo de familiares y partimos rumbo al hogar que habíamos dejado rezagado durante cuarenta y ocho años. Recuerdo el día en que lo abandoné, tan claro como si fuera hoy. Algunos meses después de la muerte de mi papá, mi mamá optó por salir del campo y decidió mudarse al pueblo; en el pueblo había más oportunidades de trabajo para sacar a sus cinco hijos adelante. Ella no quería dejarnos solos en el campo mientras trabajaba. Vivir en el pueblo le facilitaba todo.

Recuerdo que el día antes de la mudanza fui a un costado de nuestra casita de madera-siempre pintada de azul-y comencé a hacer un hueco en la tierra. Mi hermano Mario me miraba y se reía. Con curiosidad me preguntó: "Idalia, ¿qué haces?" "Voy a sembrar esta habichuelita para que crezca mientras yo no esté aquí. Cuando vuelva la plantita va a estar grande y vamos a tener habichuelitas para comer". Sembré la planta queriendo dejar algo de mí en aquel lugar que amaba tanto. Era como plantarme y aferrarme a esa tierra que vio mis primeros pasos, que supo todos mis dulces sueños infantiles y que abrió mi imaginación para el resto de mi vida.

Al día siguiente llegó el camión de la mudanza. Era pequeño, con barandales de madera en la parte posterior. Pusieron ahí las pocas pertenencias que teníamos y aún nos sobró espacio para subirnos atrás Mario, Delfina y yo. Luciano y Carmín iban al frente con mami porque eran más pequeños. Esa fue la última vez que vi mi casita de campo y ese día... perdí la libertad.

Todos los grandes cambios en la vida requieren de un sacrificio, un precio que pagar. Esta vez nos tocó sacrificar a nuestro perro Sultán. Lo dejamos solo en el campo porque no se nos permitía llevarlo a nuestro nuevo hogar. Mario, siendo el mayor, de vez en cuando regresaba a la casa y le llevaba de comer, pero el resto del tiempo Sultán se las ingeniaba robándole comida a los vecinos. Cierto día, cuando Mario fue a llevarle comida, lo encontró muerto. Un vecino enojado lo había envenenado. Así se cerró la historia de nuestro ‘parlanchín’ amigo de juegos y aventuras.

Dicen que el tiempo cura las heridas, pero siempre quedan las cicatrices que nos recuerdan el proceso. Ahora, escribiendo este relato, me doy cuenta de cuántos años pasaron sin que yo pudiera pisar el camino de barro que conduce al lugar donde nací . Con el paso de los años yo había olvidado cómo llegar a este lugar especial, así que Carmín habló con una persona que se crió en nuestro campo, el Sr. Pedro J. Amadeo Quiñones, entrenador de atletismo de mi sobrino Pedrito. Muy gentilmente, con el espíritu servicial que le caracteriza, él nos llevó justo al frente del portón que da acceso al camino de barro. Éramos unas cuantas personas: mi mamá, mis hermanas, mi esposo, mi sobrina, mi cuñado, Amadeo y yo. Mi mamá se quedó a orillas del camino con mi cuñado. Los demás saltamos el portón y entramos a la propiedad.

Era mi sueño de muchos años llegar hasta donde estaba ubicada mi casa y comencé a subir por el camino naranja, que mágica y literalmente me hacía producir sudor del mismo color del barro por donde caminaba. En cada paso iba dejando atrás a la mujer madura y en su lugar afloraba la niña que nunca se había ido. Me detuve en el tope para mirar la montaña donde estaba la casa donde vivía abuelo Epifanio con abuela Julia. Luego comencé a bajar y de lejos pude vislumbrar el lugar donde estaba la casita de tío Patricio y Marta. Ese lugar en específico se caracterizaba por dos grandes cepas de bambúes. Efectivamente allí, donde mismo las había dejado, estaban los bambúes. Pero ya no eran dos cepas. Con los años habían contraído matrimonio y ahora eran una sola cepa. Admirada me detuve frente a ellos. No había movimiento. Era como si estuvieran pintados en la naturaleza. Me acerqué para tocarlos y alzando mis brazos les dije: "Hola, estoy aquí, ¿no me van a saludar?" Fue un momento mágico, pues inmediatamente comenzaron a moverse de un lado a otro para saludarme hablándole a mi corazón con su "cla, cla ,cla, cla, cla, cla...".

Desde ese punto podía ver el terraplén donde estaba ubicada la casa de mi tía y también podía ver el lugar donde estaba mi casa. Si yo hubiese tenido una varita mágica hubiera podido apuntarla hacia el terraplén y las casitas hubieran caído perfectamente en el lugar donde estaban originalmente. El terreno estaba llano, sin malezas, esperando llenarse de vida. Mi esposo se adelantó y bajó hasta el lugar donde estuvo mi casita; caminó un poco más y llegó hasta la quebrada. El agua limpia, cristalina y fría lo invitó a saciar su sed. Yo observaba mientras caminaba, ansiosa por tocar con mis pies mi pedacito de tierra añorada. Había algo que se me quedó en ese lugar y estaba a punto de recogerlo. Repentinamente mi hermana Delfina nos gritó: "Hey, tenemos que subir". "¿Qué pasa?", le pregunté. "No, no puedo decirte, corre... sube". Yo miraba para atrás viendo que estaba sólo a segundos de llegar a la realización de mi sueño, pararme sobre la base donde de niña había vivido las experiencias que me formaron como ser espiritual, donde mi espíritu reconoció a pura conciencia que había regresado a la existencia. "¡Corre!", me gritó de nuevo; y yo estúpidamente corrí alejándome del éxito. ¡Cuántas veces he visto de lejos la tierra prometida donde fluye leche y miel! ¡Cuánto he caminado en la vida y cuando estoy a punto de llegar, simplemente corro hacia el punto de partida! "No más", me dije; "la próxima vez correré hacia mis miedos".

Al salir me enteré de que en el lugar habían unos toros ‘cebúes’ muy peligrosos. Cuando mi esposo y Sheila, mi sobrina, subieron la montaña, él venía con una pana en la mano que había recogido desde el suelo de un árbol que había sembrado mi papá. Al otro día pudimos degustar de este regalo que venía directamente del trabajo y el sudor de un hombre que había muerto cuarenta y ocho años atrás. Después de todo alcancé a saborear mi pedacito de tierra, aunque me quedé con el dolor de no haber llegado a mi meta.

El año pasado regresé a Puerto Rico, como casi todos los años. Esta vez, un día antes de salir para Estados Unidos, pasé por el lugar con mi hermano Mario y Jorge mi esposo. Estacionamos el auto frente al portón y de lejos pudimos ver el ganado que habita el lugar ahora. ¡Imposible acceder al camino! Al otro extremo, muy cerca de mí, cuatro perros trataban de ahuyentar a un quinto perro. Ellos le ladraban, le hacían frente, le tiraban a morder, hubo un momento en que todos se enfrascaron en una pelea revolcándose entre la maleza. Era una lucha desigual, cuatro perros contra uno. La unión de los muchos venció. El perro vencido se alejó de ellos, yo lo miré apenada, él también me miró y en su mirada indignada y llorosa pude reconocer...

                                     ¡Los ojos de mi Sultán!

 

 

martes, 28 de febrero de 2017

SULTÁN

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Antes de comenzar este relato, necesito aclarar mi posición al respecto frente a mi público lector.  Tú,  mi amigo lector, tienes el total y absoluto derecho de divertirte con este relato. Puedes juzgarlo como la dulce fantasía de una mente infantil o puedes catalogarlo como un simple cuento de camino. No tienes que creer  lo que a continuación te voy a relatar  porque, a decir verdad, nunca nadie lo ha creído.  Es por eso que este suceso ha estado guardado en el más recóndito lugar del seno de nuestra familia primaria. Mis hermanos y hermanas, mi madre y yo sabemos a conciencia lo que experimentamos durante algunos años  con este integrante de nuestra familia pero, como es un suceso tan inusual, te cedo el privilegio de no creerlo. Si por el contrario, apartándote por un momento de ese embudo visual que todos tenemos, te atreves a descubrir en este relato una pizca de veracidad,  entonces me sentiría más que honrada en confesarte que este relato es totalmente real y lo escribo tal y como lo recuerda la niña de seis años que todavía vive y se deleita en mí.   

 

 

 

 

E

scondido allá en el mundo de la fantasía, donde todo sin excepción es posible, se encuentra un diminuto agujero secreto por donde se escapan con bastante frecuencia detalles increíbles que traspasan inevitablemente el mundo real. Uno de esos detalles increíbles y tremendamente cuestionables fue a parar sin saber cómo al seno de nuestro hogar primario. Mi papá lo encontró deambulando por la calle, siendo aún un cachorro. Había algo en este animal que le hacía presentir a mi padre que era muy especial. Al llevarlo a casa necesitábamos llamarlo de alguna manera y como mi papá le presentía rasgos de nobleza real, lo llamó Sultán.

Pero Sultán era un perro desprovisto por completo de pedigrí. Era un sato de los más satos y comunes. Creció bastante y su pelaje marrón siempre estaba lleno de peteques y cadillos por su costumbre de internarse en el monte para corretear las gallinas. Si mal no recuerdo, también debió tener pulgas y garrapatas adquiridas tal vez como herencia de Verano, el caballo de mi papá. 

Retirados como estábamos de la civilización, sin ningún adelanto tecnológico, o sea, sin televisión, automóvil y muchísimo menos teléfono, con una mente limpia, pura y totalmente casta, nos criamos creyendo que todo era posible. Así que, cuando escuchamos a Sultán emitiendo sonidos completamente inteligibles, nos sorprendimos un poco, pero después de un tiempo y con la consabida costumbre llegamos a creer que era normal que nuestro perro tuviera la habilidad de hablar. Ya no nos sorprendía cuando lo escuchábamos aseverar "Va a llover duro"  y corría a refugiarse debajo de la casa. Siempre tenía razón porque momentos después se reventaba un espectacular aguacero que nos mantenía en casa hasta el otro día.

Mi papá era el más que se deleitaba al escuchar sus palabras totalmente entendibles. Él comenzaba a reírse a la vez que se ponía el dedo índice en los labios para indicarle a mi mamá que no hiciera ruido: "Shhh... escucha, escucha, Sultán está hablando". Mi mamá se persignaba mientras exclamaba: "Jesús, María y José, que el Señor reprenda". Después de algún tiempo ella también se acostumbró a la inusual situación.

Sultán se desaparecía por momentos y se iba jalda arriba a casa de mi abuelo que vivía en el tope de la montaña. Nosotros vivíamos en la parte trasera de la falda de la montaña. Bastante retirado en una hondonada se encontraba la casa de nuestro vecino Valencia, lugar al que todos le llamaban por buen nombre "el hoyo de Valencia". En casa de abuelo, al igual que en casa de Valencia, siempre había una pandilla de perros que al parecer no les simpatizaba mucho la presencia de Sultán. Tal vez porque Sultán era menos salvaje y más inteligente, pero Sultán siempre insistía en darse su paseíto por aquellos lares infectados de enemigos gratuitos. Su razón de arriesgarse era muy válida, se había enamorado de una perrita sata que había entrado en celo. Sultán, lleno de juventud y energía, creía que podía medir su fuerza con el líder de la pandilla, quien también, como el resto de la jauría, se estaba disputando la perrita sata. Ella sólo se dejaba galantear y pensaba para sus adentros: "Con el que gane me quedo".

Un día, al subir la montaña, Sultán vislumbró desde lejos el motivo de sus desvelos. Mientras más se acercaba, más podía percibir el olor que ella despedía y perfectamente podía sentirse subyugado por el llamado poderoso que la naturaleza le imponía. Embobado se acercó a la perrita sata dando largos pasos. Cuando estaba a punto de alcanzarla, de un salto se le plantó en el medio el líder de la pandilla, mirándolo fijamente con las patas abiertas, firmes sobre el suelo. Emitiendo un fuerte gruñido, mostrándole los colmillos y babeándose de rabia, lo invitaba a pelearse por la presa. Sultán lanzó un gruñido salvaje, expandió su pecho y se abalanzó sobre su rival a matar o a morir. Ambos perros se revolcaban en la tierra seca levantando una polvareda. Momentos después Sultán dejaba a su rival vencido en el batey salpicado de la sangre de ambos. A pesar de estar herido, insistía en conquistar a su perrita sata. Al tratar nuevamente de acercarse a ella, se le abalanzó encima el resto de la jauría. Ya para ese momento y mal herido optó por salir corriendo hacia su territorio jalda abajo.

Al llegar al batey de nuestra casa, Sultán estaba muy enojado. Se le podía percibir una tremenda frustración y si hubiese sido humano podría asegurar que traía un nudo en la garganta. Con la voz destemplada, temblorosa, sentenciaba a sus enemigos con malas palabras; en su idioma perruno y en su dialecto humano, gritaba a todo pulmón: "No se apuren, yo los agarro mañana".

 

 

 

 

sábado, 25 de febrero de 2017

DOROTEA


 
 
 
 

A

yer la vi sentada bajo la cepa de bambú, sorbiendo los últimos halitos de vida. Miraba al horizonte. Dábame la impresión de estar inmersa en sus recuerdos de antaño porque una expresión nostálgica se dibujaba en su rostro. Negra y harapienta, con su cabello enmarañado, los terrosos pies medio cubiertos por unas sandalias casi desechas, no podían ocultar la grandeza de espíritu de aquella mujer que regaló todo lo material que poseía para quedar al fin desamparada. Nunca supo que aquella regla de vida que reza, ayudar a los demás es importante y es cristiano, pero no al extremo de dañar tu propia existencia.

Dorotea nunca supo que para poder ayudar a los demás ella debía cuidarse primero. Cuando ya no tenía nada que ofrecer, dejó de tener hijos, familiares y amigos. Lo último en perder fue la casa. Una hipoteca mal hecha para resolver problemas ajenos la desterró del hogar convirtiéndola en una ambulante más. Todo lo material que ahora poseía deambulaba con ella en un carrito de compras que se encontró en la calle. Algunas cajas de cartón y algunos sorbos de ron la cubrían del frío por las noches. Expuesta a toda clase de peligros, se vio obligada a convertirse en una persona huraña, pero no era así con todos, sólo con aquellos que le representaban peligro. Negrita Dorotea, peleona y mal hablada- Negrita Dorotea, sabiduría ambulante.

Poco a Poco fui acercándome para obtener de ella egoístamente unos minutos de conversación. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no advirtió mi presencia:

-Hey, Dorotea... Wehey, ¿cómo estás?-Me miró con una de esas miradas ebrias que rompen la barrera del raciocinio para entrar en un mundo mágico donde todo es posible.

-Ah, aquí, mirando la vida pasar y descubriendo secretos.

-¿Secretos...? ¿Qué secretos?

-Es que la vida es muy corta, dura solamente un segundo, el último segundo.

-Interesante.  Anda, continúa... no te voy a interrumpir.

-Estoy descubriendo que todo ser humano se despierta a la vida con un tesoro de valor incalculable. Todos, sin excepción, nacemos con un gigante por dentro. Un gigante que es capaz de hacer cualquier cosa. Puede romper con los miedos que nos paralizan. Puede moverse con seguridad y aplomo a donde sea porque sabe que es gigante y nadie es más grande que él. Los demás pueden ser como él, pero no más grandes. El asunto es que este gigante siempre está dormido y a veces es casi imposible despertarlo. Este gigante que vive en mí se quedó dormido para siempre y la verdad es que no me interesa despertarlo. No te puedo decir que después de la muerte una vida me espera. Más bien puedo suponer, viendo el desarrollo de la naturaleza, que irremediablemente voy a dejar de ser. Puedo dejar mi semilla regada por el mundo, si así Dios lo decide... para no dejarme morir del todo... ¿tú me entiendes, verdad?-asentí con la cabeza para no interrumpir su disertación-Mi preocupación es encontrar ese algo sobrenatural que me brinde vida después de la muerte.

-O sea, que tú lo que quieres es que las personas te recuerden tal cual fuiste.

-Cierto.

-Ah, eso es muy fácil Dorotea. Espera y verás cómo te hago el milagrito.

Salí corriendo carretera abajo para buscar mi cámara de video con la intención de hacer un reportaje tan profundo, tan crudo y tan real, que cualquier televisora estaría interesada en comprar. Regresé exhausta, casi sin aliento de tanto correr, pero al llegar Dorotea había desaparecido. Me senté bajo la cepa de bambú, tal vez con la misma mirada nostálgica y defraudada que había percibido en Dorotea. Imaginé cómo habría sido el reportaje, Dorotea derramando sabiduría a través del lente televisivo hasta  los ojos soñolientos de algún televidente despreocupado o demasiado ocupado como para validar la vida de esta extraordinaria mujer. Entonces pensé y sonreí al darme cuenta que Dorotea se merecía más que eso. Merecía ser recordada por los seres que amó y que la amaron, sin bombos ni platillos, sin vítores ni orquestas. Su grandeza se merecía el lugar del corazón de las personas; un recuerdo resguardado en el calor del alma. De todas maneras, su semilla se había plantado y recorrería de generación en generación como sangre de aristocracia y abolengo. Su apariencia de pordiosera era solamente un disfraz para ocultar el mar de sabiduría que transcendería después de su muerte.

Esta mañana apareció dormida en una cuneta en la calle. Debajo de ella corría levemente un hilo de agua que mojaba sus greñas traseras desplazándose hasta sus pies descalzos. Paz se reflejaba en su rostro y en el mío una expresión melancólica. Al tratar de despertarla supimos que se había ido. Su gigante despertó obligándola a abandonar el disfraz. No sé si habrá trascendido y estará junto al Señor haciéndole honor a su nombre: ¡Dorotea, adoradora de Dios! o simplemente, como ella decía... dejó de ser.

 

 

 

viernes, 24 de febrero de 2017

REGALO DE CUMPLEAÑOS


REGALO DE CUMPLEAÑOS


E

l sonar del teléfono la saco de su sueño a las siete de la mañana. Con mucha pesadez comenzó a estirarse y restregarse los ojos. Por un momento olvidó que estaba enojada, muy enojada. Prácticamente se había desvelado. No fue sino hasta la madrugada que logró conciliar el sueño:

 "Ay Dios mío, cuántas veces le he dicho a este hombre que si se va a amanecer en la calle que al menos me llame para saber que está bien. Ese maldito trabajo. ¿Por qué tienen que atraerle tanto las cosas prohibidas? Ah no, pero como él dice que 'el que trabaja es porque no sabe hacer nada más'.  Y él tan inteligente, vive con la vida en un hilo; adrenalina pura, descontrol total. Su forma de vivir no va de acuerdo a sus sentimientos ni a su calidad humana. Es un Robin Hood moderno. Quiere resolverle problemas a todo el mundo. ¡Hum, y a mí, que me parta un rayo! ¿Por qué tiene que vivir tan a prisa? Vive tres días en uno, constantemente en un corre y corre. Ah, y de mujeres ni se diga, le llueven como agua del cielo. Menos mal que mis cuernos son de rosca y me los quito cuando quiero. Es más, ya ni me importa si sale con otras. Total, nunca me falta nada. Soy su legítima esposa, la madre de su hija, la que puede, la sagrada. Podrá pajarear por ahí con quien sea, pero siempre termina en mis brazos porque, después de todo, es a mí a quien ama".

La noche anterior él había salido con su jefe a hacer la última ronda de recogido de números para el próximo sorteo de la 'bolita'. La última vez que ella lo vio fue como a las nueve y media de la noche, frente a la casa del padre de ella, que casualmente había llegado de Estados Unidos para pasar un tiempo con su familia. El abrazó a la niña y bromeando la regañó a ella por haberle abierto su correspondencia. Después, ella se fue a su casa a esperar a que él llegara... pero no llegó:  "Este tiene que haberse ido para la 23 con la amante nueva esa que tiene, la tal Monín. No sé qué de bonito le ve si esa mujer hasta parece un macho. Bien le pusieron el nombre, no porque sea un estuche de monerías, sino porque parece una mona. ¡Pendeja...! Se cree que yo no sé quién es ella, pero me va a conocer, claro que me va a conocer. ¡Condenación!,  un día de estos se me va a reventar el corazón de tanta angustia".

A eso de las tres de la madrugada lo llamó al teléfono celular, pero no recibió contestación. Finalmente el sueño la venció. Entre dormida y despierta lo sintió llegar sonando las llaves. Pensó en levantarse para reclamarle por la tardanza, pero prefirió esperar a que llegara la mañana. Sabía que sus encontronazos siempre terminaban en besos y caricias, arrumacos y amor, pero ella estaba demasiado enojada como para premiarlo. Finalmente lo sintió acostarse a su lado y sus nervios se tranquilizaron dando paso al sueño profundo.

Al sonar el teléfono se dio cuenta de que él no estaba a su lado. Se habrá ido al baño, pensó:

-"Hello", ¿quién es?

-Hola, soy Ana, la esposa de Carlos (el jefe de su esposo).

-Ah, hola. Me extraña que estés llamando a esta hora.

-¿Ya sabes la noticia?

-No, ¿qué noticia?

-Lamento ser yo quien te lo diga, pero a nuestros esposos anoche les hicieron una encerrona. Mi esposo esta herido en el hospital y a tu esposo lo mataron...

Un dolor, jamás experimentado por ella, invadió su cuerpo, su alma, su espíritu. Dejó caer el teléfono y un súbito grito de angustia se abrió paso garganta afuera sin control. Era un grito que le parecía ajeno, salido de otra persona, de otra menos de ella. "Él me puede causar cualquier dolor, pero no este, no este". Luego pensó en la niña y su fuerza maternal la obligó a tranquilizarse. Se dirigió hacia el baño con la esperanza de encontrarlo allí. Como en cámara lenta levantó su rostro para mirarse en el espejo y efectivamente, ahí estaba tras ella, abrazándola como siempre. Sus brazos fuertes la rodeaban apretándola contra su pecho. Ella cerró sus ojos respirando aliviada y deleitándose en el momento mágico que la llevaba a perdonarle todos sus errores pasados, presentes y hasta futuros. Al abrir sus ojos se encontró de nuevo sola; entonces, en medio de un dolor indescriptible, reconoció que realmente él se había ido para siempre.

Recordó que una semana antes su propia imagen en el espejo le había dicho que se iba a convertir en viuda. Ella estaba acostumbrada a ver y sentir cosas entrañas, por eso no le había prestado mucha atención al incidente. Ahora, desgraciadamente confirmaba que su imagen le había dicho la verdad.

Un rato después llegó Ana para contarle los pormenores.  Le contó que los hombres habían sido emboscados en una carretera y que ni siquiera les dio tiempo de sacar sus armas para defenderse.  El esposo de Ana estaba malherido, con la vida dependiendo de una máquina a la cual estaba conectado.  Su esposo había muerto en el lugar de los hechos, fulminado por siete balazos.

Dos horas después ella se encontraba junto a su padre en la oficina del forense para identificar el cadáver. Hasta el último momento deseó con toda su alma que todos se hubieran equivocado. No, no podía ser, su esposo, el invencible, el hombre fuerte, valiente, astuto, el más querido por todos. No, nadie podía vencerlo. Lo mas seguro que se trataba de otra persona. El forense interrumpió sus pensamientos mostrándole las fotos del difunto. Un temblor incómodo se apoderó de ella, ni siquiera tenía el valor para posar  su vista sobre las fotos. Respiró profundo para armarse de valor y miró con angustia los rasgos indios de su compañero. Sus ojos a medio cerrar denunciaban la desesperación de sus últimos momentos de vida:

-Señora, ¿Es este su esposo? preguntó el forense.

-Sí, pero no.

  

-¿Es... o no es?

  

-Sí, pero no.

  

 -¿Eso significa que este cadáver corresponde a su esposo?

  

 -Sí, pero no.

  

-Señora, ¿es él?..   Necesitamos saber con seguridad si es él.

  

 -Sí, es él pero... ¡no puede ser!, contestó sollozando.

  

 La mujer que ella había sido hasta ese momento murió junto a su esposo y en su lugar quedaba una persona distinta que comenzaba a vivir de nuevo.  Tendría que reinventarse, entrenarse, aprender, porque tan dependiente de él como era, se había quedado en un limbo.  Ahora tenía las riendas del hogar, de su vida y la de su hija.  Ahora le correspondía contestarle todas sus preguntas; aunque, por más que quisiera no iba a poder suplir la necesidad de la niña de verlo y sentirlo.  Esa inconformidad perenne y sin solución la llevaría para el resto de su vida atada a ella, atada a su pecho... el dolor jamás se iría.

 

 

 La necesidad y el dolor le dieron con todo lo que tenían aprendiendo a duras penas a desenvolverse sola.  Constantemente sentía a su esposo rondar por la casa.  Lo sentía llegar sonando las llaves, acostarse junto a ella, abrazarla.  Otras veces podía percibir su olor flotando en el ambiente.  A veces la percepción era más real, como ver cuando se abría el portón de la casa y a su perro ladrar con alegría moviendo la cola.  Otras veces el radio del auto se encendía solo, como acostumbraba encenderlo él cuando limpiaba su auto.  A veces, después de ducharse, sentía cómo sus manos la tocaban hasta desenrollarle sutilmente la toalla del cabello.  Las pocas veces que no lo sentía iba al armario donde guardaba su ropa y se ponía sus camisas.  Así se sentía abrazada por él. 

 

Se sorprendió un día que casualmente vio caer de los bolsillos de su pantalón un papel. Lo recogió y se dio cuenta de que era el recibo de una tienda; ¡fueron tantas las cosas que quedaron inconclusas! Dentro de dos semanas sería el cumpleaños de ella. Era el primero, después de diez años, que pasaría sin él. El primero sin sus regalos y sus mimos. Recordó que semanas antes de morir salieron a las tiendas y él indagó, como quien no quiere la cosa, qué le gustaría para su próximo cumpleaños. Ella le mostró un equipo de música para la sala de la casa. Ahora eso no importaba, con gusto hubiera ofrendado todas sus comodidades a cambio de la vida de él. No obstante, curiosa ante el hallazgo se dirigió a la tienda para ver de qué se trataba.

 

 

 Entrar a la tienda la transportó a su última visita tomada de la mano de él. Caminó por los pasillos y entre góndolas de mercancía iba recordando toda la conversación de ese día. Recordó que él le había comprado a su hija varios vestidos y algunos juguetes. Como siempre, la conversación era la misma: "Estás consintiendo mucho a la niña. No debes comprarle tantos juguetes", le decía. "Ella se lo merece porque es muy buena", contestaba él.  Después del recorrido del recuerdo y la nostalgia, se acercó a la empleada de la tienda y le mostró el recibo. La empleada leyó la información y le dijo: "A ver, sí, mira, esto lo compró un caballero hace un mes. Lo pagó en su totalidad, pero nos pidió que se lo guardáramos porque era el regalo de cumpleaños para su esposa. "¿Es usted su esposa?", preguntó la joven. "Sí", contestó ella. "Se ve que su esposo la quiere mucho. Supongo que debo entregárselo. ¡Feliz cumpleaños!", concluyó la joven, poniendo una caja a su disposición. Ésta contenía el equipo de música que, en su visita anterior a la tienda, ella le había indicado a él que le gustaba. Un sollozo largo y profundo se apodero de ella. Fue presa de una mezcla de sentimientos encontrados: dolor porque él se había ido, alegría de saber que ella siempre estaba en sus pensamientos, certeza de que, a pesar de todas sus amantes, ella fue indiscutible y eternamente su gran amor. Otra vez percibió su perfume y sintió sus brazos fuertes consolándola. Entonces supo que él no se había ido porque mientras ella lo amara él continuaría abrazándola una, otra y otra vez...

                       A Gul, a su recuerdo imborrable.