miércoles, 19 de abril de 2017

Farmacias legales y Farmacias ilegales-


-De la fructuifera pluma de nuestro poeta del pueblo Salvador Nazario Gómez les presento este escrito que  me dió mucho que pensar y analizar.  Realmente vale la alegría de leerlo. 

Nota: este escrito no se encuentra en su libro de poemas.
 
Estuve hablando con una maestra de uno de los pueblos cercanos; me relató como de un día para otro, después de
25 años de trabajo, se afectó emocionalmente. Retiró de su
cartera cinco potes de pastillas y me dijo, que todos los días
tiene que tomarse las cinco pastillas porque de lo contrario
se descontrola y no puede atender a sus estudiantes.
Recordé otro caso, una maestra para poder recibir el tercer
grupo tenía que tomar una pastilla, de lo contrario no podía atender al grupo. ¿Cuántos maestros estarán en la misma
condición? No solamente los maestros; los demás profesionales
o trabajadores que trabajan en las diferentes oficinas públicas
y en oficinas privadas. Hombres y mujeres consumiendo tranquilizantes; atendiendo al público bajo los efectos de las
sustancias químicas.
Muchas veces nos preocupamos por el alimento; y tenemos
temor al pensar qué sucedería si cierto día los barcos no pueden llegar a la isla con los alimentos que necesitamos.
De la misma manera, qué sucedería si las farmaceúticas dejan
de producir las toneladas de pastillas que diariamente necesitamos para controlar el descontrol emocional de nuestro
pueblo. Un pueblo formado por personas que legalmente compran sus antidepresivos en las farmacias sin violar la ley;
y otros comprándo sus antidepresivos en las farmacias clandestinas llamas ''puntos'' violando la ley.
¿Qué diferencia existe en visitar una farmacia legal para comprar la droga, o visitar una ilegal para comprar. quizás
la misma droga? Hagamos un experimento: Tomemos las
personas que compran sus drogas legalmente y encerrémos-
la en un cuarto sin darle sus medicinas; en otro cuarto coloque-
mos al que las compra ilegalmente y hagamos lo mismo. El re-
sultado será igual: Dos grupos de personas pidiendo a gritos
sus pastillas. Indiscutiblemente que nuestra isla sin sus tone-
ladas de pastillas para los nervios, legales e ilegales se con-
vertiría en un manicomio en las aguas del Caribe.
Y nadie me diga que venir a Cristo es la solución, yo creo que
en muchos casos funciona, pero por qué tenemos iglesias lle-
nas de cristianos tomando pastillas para poder funcionar;
cristianos tomando valium, xanac, hydroxysine, temazepam,
clonazepam, verlafaxine, xypresa, clonopin, litium, etc, etc.
Es verdad que Jesús es la solución a los problemas de la hu-
manidad, pero si no tenemos un verdadero encuentro con él,
y le reclamamos sus promesas de llevar nuestras enfermedades,
no importa la que sea, estaremos a merced de las grandes
farmaceúticas que cada día se enriquecen más y más.
El tema del descontrol emocional en nuestro pueblo es tan
complejo que una parte de nuestra genética ligada a EspaÑa
contiene genes árabes y genes judíos. El ejemplo lo vemos en
el apellido Quiñones y Quiñonez; la ''s'' al final o la ''z'' al final
establece si el apellido es de origen judío o árabe. Si llevamos
la genética por la parte judía, y a los judíos le ofrecieron la
alternativa de escoger entre un hombre santo, justo, bueno con
miles de hazañas milagrosas y un Barrabás, que hasta el nom-
bre asusta, asesino, ladrón y violador; y ellos escogieron a Ba-
rrabás; no hay la menor duda que esa decisión fue producto de
una locura colectiva.
Ahora comprendo porque las maldiciones que encontramos en
el libro de Deuteronomio 28:28 se cumple en el pueblo judío y
nos alcanza a nosotros los boricuas: ''Jehová te herirá con
locura, ceguera y turbación de espíritu.''
Y queriendo amortizar este tema, vuelvo a pensar en el almirante
Don Cristobal Colón, reclutando sus marineros en las cárceles
españolas y llenando sus tres naves de maleantes, maniáticos,
violadores, asesinos, pillos, truhanes, candidatos a la valium;
una tripulación que por poco lanza a Don Cristobal por la borda a los tiburones. Y pienso en las tres naves: La Santa María, la Niña y la Pinta llegando a las aguas del norte de nuestra isla;
y al almirante Don Cristobal, en la Santa María, ordenándole a un Nazario que subiera a lo más alto del mástil y oteara el horizonte; y allí lo escucho gritar: iTierra, tierra, tierra! Y en la Niña un Rodríguez: iTierra, tierra, tierra!; y en la Pinta, un Mojica: iTierra, tierra, tierra!
iAy bendito, lo que le esperaba a las tainas!
-Salvito-

lunes, 17 de abril de 2017

Enajenado



No existen palabras buenas ni malas, sólo existen símbolos que al ponerlos juntos crean una imagen mental. En este relato las palabras 'malas' son  expresiones desesperadas,  producto de una tremenda frustración  e impotencia ante la profunda inhabilidad de control físico, emocional y sobre todo mental.

E

ran las seis de la tarde y no había probado bocado en todo el día. Casi había perdido la conciencia con el último cantazo de droga. En su mente confundida y enferma volaban miles de corceles negros que dibujaban con sus patas delanteras en el aire: "más, más, más...".

Trató de abrir los ojos y era casi imposible; unas manos invisibles se los sujetaban con mucha fuerza. Esperó unos segundos y comenzó a medio abrirlos. A través de las largas pestañas podía ver los barrotes de una celda imaginaria que lo mantenía privado de su libertad. Miró sus pies sucios, repletos de llagas infectadas y se dijo: "Estoy ‘jodío’, maldita sea la cabrona droga. ¿Cuándo carajo voy a salir de esto?". Recordó su niñez, cuando podía disfrutar de un hogar y de los cálidos brazos de una madre sobreprotectora que finalmente terminó yéndose para el cielo. Entonces se juró: "Esto se acabó. No me voy a meter más esa porquería. ¡Ay, Diosito Santo, ayúdame!".

Con mucho trabajo logró incorporarse y decidió regresar a casa para pedirle perdón a su padre. A su regreso lo esperaba un padre ansioso, con los brazos abiertos, habiéndole perdonado todas sus parejerías y malacrianzas pasadas: "¡Ay mi’jo, mira cómo estás! Vete y báñate para que comas algo calientito". Después de su aseo, de afeitarse y ponerse ropa limpia, volvía otra vez a notarse las finas facciones de un joven guapo que distaba mucho del tipo que pedía dinero en las calles para drogarse.

Esa noche cenó bajo el amparo del hogar unas sopitas calientes con arroz blanco: "Mira mi’jo, quédate a dormir aquí esta noche", le dijo el padre anhelante y lleno de esperanzas. Su habitación siempre había estado disponible. La única razón para estar fuera del hogar, sufriendo tantas calamidades, era su maldita adicción a las drogas. En más de una ocasión lo habían internado en centros de rehabilitación. Incluso una vez, cuando comenzaba a desviarse hacia el infierno de las drogas, su padre se le arrodilló en la calle rogándole de favor que no siguiera hundiéndose en ese trágico mundo, pero todo fue en vano. La droga era la dueña absoluta de su vida. Formaba parte de un inmenso grupo de jóvenes que habían caído presos de su afán inicial de experimentar otras sensaciones fuera de este mundo. Él, inmaduro, a raíz de la muerte de su madre se sumergió por completo y sin control en esa pesadilla anunciada.

Conversó un rato con su padre y luego se retiró a la habitación. Por primera vez en mucho tiempo, disfrutaba de una cama limpia y mullida. Se fijó en el abanico del techo. Daba vueltas tan rápido que a su vista las aspas se desaparecían y sólo quedaba la redonda base que las sujetaba. Esto le provocó náuseas y tuvo que salir corriendo para el baño a vomitar: "Maldita sea, ya me estoy enfermando. Pero... no me vas a ganar". Se regresó a la cama preso de un molestoso sudor frío. Toda la noche la pasó sintiendo cómo cada célula de su cuerpo le pedía a gritos la cura. Estaba viviendo un infierno insoportable. En su delirio veía cómo una jeringuilla gigante blanca se insertaba justo al centro del corazón y esparcía por todo su cuerpo una sensación de bienestar que expulsaba sus calambres en forma de sapos rojos, verdes y azules. Esta visión duraba segundos y luego sentía la realidad de sus músculos anudados por el calambre. Vómitos, diarreas, sudores fríos; la muerte sobre su espalda liderando el millar de corceles negros.

En la mañana ya se le habían agotado todas las fuerzas y como pudo se fue a la calle a buscar la manera de solucionar su problema. Temblando llegó hasta el 'punto' y le dijo al vendedor: "Mira chico, estoy enfermo, fíamela por hoy. Te prometo que en la tarde te traigo los chavos". "Nosotros aquí no fiamos, así que circula antes que te demos pa’bajo". Cabizbajo, temblando y con los brazos cruzados, se alejó.

Una terrible sensación de rabia e impotencia se le anudaba en la garganta conteniendo un llanto viejo porque ‘los hombres no lloran’ y aún guardaba para sí una pizca de dignidad. En su mente comenzó a idear una y otra vez las diferentes maneras de obtener el dinero para costearse la cura. Con un vaso de cartón se le acercaba a las personas para pedir dinero. Algunos le tiraban par de centavos, otros le recriminaban diciéndole que se fuera a trabajar. Durante dos horas sólo había recogido un dólar y cincuenta centavos. Desesperado decía: "Esto está cabrón".  Siguió deambulando por las calles buscando la manera de hacer lo que fuera para conseguir  la cura... y la consiguió.

Al recibir el cantazo sintió que su espíritu se desprendió del cuerpo elevándolo a un estado supremo de placer momentáneo. Allí, en aquel lugar solitario, alejado del bullicio del pueblo y drogado, se sentía como un rey en su 'palacio de cartón'. De repente sintió unas manos poderosas que lo levantaron del suelo sacudiéndolo con fuerza; manos que salieron de la nada. Eran tres individuos que lo restrellaron contra el suelo y comenzaron a golpearlo. Después de muchos golpes, exhausto y casi sin fuerzas, él les gritaba: "Mira, bendito, no me golpeen más"; pero ellos continuaban agrediéndolo, propinándole puños y patadas. Uno de ellos trató de detener al más abusador diciéndole: "Ya está bueno chico, el 'cabrúfalo' este ya se está muriendo". "No, no... a este 'hijuela' hay que rematarlo", contestó. Agarró un pedazo de madera 4" X 4" y lo levantó al aire con una furia infernal. Otro de los hombres se le abalanzó encima para tratar de evitar el golpe: "Quítate coño, porque te jodo a ti también".

Desde el suelo, el adicto vio cómo ese monstruo lleno de maldad y furia levantaba el arma mortal que le arrebataría la vida. Hubiera deseado que el proceso fuera rápido, pero una inmensidad de tiempo se interponía entre el golpe y él. Un proceso a cámara lenta lo regresaba a su hogar. Vio a su padre, a sus hermanos y hermanas llorando por su partida. Se arrepintió de todos sus pecados, pidió perdón a Dios y volando fuera del cuerpo fue a refugiarse en los brazos de su madre y junto a su hermano menor, años antes fallecidos. El tremendo golpe fue asestado con precisión. Su cráneo fue destrozado, la quijada le fue desprendida y el rostro quedó totalmente desfigurado. Finalmente lo dejaron tirado en la acera dándolo por muerto.

Hay saña dentro de algunos seres humanos y la violencia no es exclusiva de los ignorantes o delincuentes habituales. Esos tres despiadados se hicieron dueños de la ley que una vez juraron defender y conociéndola perfectamente la violaron con premeditación y alevosía, a plena conciencia de lo que estaban haciendo y con toda maña.

En la mañana fue encontrado por una persona que conducía por el lugar. Este buen samaritano dio parte a las autoridades e inmediatamente se personaron al lugar policías e investigadores. La escena que encontraron fue totalmente impresionante: una persona inconsciente con la cabeza y el rostro destrozados sobre un baño de sangre.  La noticia del día era: "Mataron al ambulante de la luz".  Para sorpresa de muchos y desgracia de otros, aún presentaba signos vitales... ¡aún estaba vivo!  Rápidamente fue puesto en una ambulancia donde lo acompañaba un policía que, contrario a los agresores, respeta el juramento de protección a los ciudadanos.  Él le sostenía la mano y le decía frases de aliento: "Aguanta flaquito, aguanta. Ya verás que todo va a salir bien".  El apoyo de este buen Agente fue realmente un alivio para el joven herido. Inmediatamente fue llevado al hospital donde le salvaron la vida.

Después de muchas cirugías y varios meses de hospitalización, regresó a su casa, aún sin poder hablar por el daño provocado a su quijada. La identidad de los bandoleros que lo habían golpeado había estado a salvo por varios meses, pero ellos, delincuentes al fin, deseaban terminar con su trabajo. Una vez él mejoró y pudo hablar, lo citaron para que fuera al cuartel de la policía a hacer el reporte. Su padre lo acompañó porque ya ambos habían quedado de acuerdo con denunciar a los agresores. Esto era como entrar a la boca del lobo. Al llegar el momento de la entrevista no le permitieron a su padre estar presente. Se lo llevaron a él a una habitación donde sólo los que estaban allí saben lo que ocurrió. Amenazas desconocidas para los demás dejaron impune ese abuso, ese terrible atropello, aunque esos abusadores están sujetos...  ¡a la Justicia Divina!

Al salir de la habitación su padre le preguntó: "¿Los denunciaste?". “No, no pude". "Pero... ¿por qué no?". Él bajó la cabeza sin responderle y con un terrible sentido de impotencia apretándole el alma aseveró para sus adentros: ¡Ah, coño, carajo... si los denuncio, tú te me mueres!


              En honor a un ser muy especial que nos deja con una gran lección
Estas fueron las últimas palabras que me dijo.
  Escucha bien sus palabras:
  "Ay Tití, estoy ‘juqueao’, no puedo dejar esta porquería. 
Nadie debería ni siquiera probar esto,
 es un infierno lo que se vive con esta mierda”.
 
 
10 DE ENERO DE 1971 - 28 DE JULIO DE 2011 
 
¡YA DESCANSA EN PAZ!
 


viernes, 31 de marzo de 2017

Cuatro, Guitarra y Güiro


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¡Suena guitarra de ensueño, suena y llévame en las alas de tus notas, a mi campo del recuerdo. Tus notas huelen a terruño... mi querido terruño!

E

sas frases me hacen recordar a mi padre sembrando en la tala. Yo podía pasar horas bajo el terrero de sol solamente admirando aquella esbelta figura que con afán arañaba la tierra para después recoger de ella los frutos preciados que alimentaban nuestro cuerpo. Siempre agradecíamos a Dios por el fruto bendito que la madre naturaleza nos regalaba. ¡Claro que sabíamos lo que era el hambre! No siempre había para comer, por eso el agradecimiento era más significativo.

¿Cómo podemos catalogar aquella era donde no había ningún adelanto y lo más cerca de la tecnología pudo haber sido un radio de transistores? Era una época de genios donde se tenía que inventar todo. Si querías tener un juguete tenías que hacerlo. Las niñas, desde muy jóvenes, tenían por fuerza que aprender a llevar todas las labores de un hogar. Nos enseñaban a cocinar, barrer, mapear, lavar la ropa, almidonarla y plancharla. Se nos enseñó que la casa debía de barrerse tres veces al día, en la mañana, el mediodía y a las cuatro de la tarde. Para mantener la cocina recogida era el mismo procedimiento. Tres veces había que cocinar, tres veces había que fregar los trastes. Cuando terminabas de fregar era casi hora de comenzar a cocinar de nuevo. A los niños se les enseñaba a madrugar para trabajar en el campo u ordeñar las vacas, darle comida a los cerdos , mover los becerros de lugar y muchas tareas más. No había televisión, teléfono, computadora, "Nintendo" y mucho menos "Wii". Todavía no sé cómo catalogar esa época; lo que sí sé es que dentro de esta vida moderna con todos sus beneficios y adelantos, cuando escucho mi cuatro típico Puertorriqueño junto al güiro y la guitarra, regreso a mi esencia; aquella que perdura en mí como un tesoro de valor incalculable, aquella que me lleva a mis comienzos, la que me conecta con la madre tierra. Sí... tierra boricua adherida desde mi nacimiento a mi piel mulata y por dentro un espíritu adornado con la flor del flamboyán.

Entre todo el afán diario y a pesar de las vicisitudes aún existía ese respeto hacia los demás y ese sabor delicioso que nos hacía disfrutar cada cosa en el camino. Se sentía rico enfrascarse en un proyecto de costura y finalmente poder lucir la pieza hecha. Se sentía rico limpiar la plancha sobre hollejos de guineo para luego deslizarla sobre la pieza de ropa almidonada. El olor que despedía se enredaba en tu nariz y te hacía soñar con el futuro próspero que te esperaba. Era rico limpiar los zapatos negros con anilina y los blancos con "Griffin". Era rico hacer los preparativos para visitar la iglesia el domingo. Más rico aún era correr descalza a campo abierto jugando al esconder o al marro. ¿Cómo puedo catalogar esta época donde, sin darnos cuenta, disfrutábamos la vida teniendo siempre especial atención a los pequeños detalles? Una flor tejida para añadirla a un vestido se traducía en un detalle hermoso que traía alegría.

La llegada de la navidad era espectacular. Se disfrutaba al máximo la extensa preparación de las mejores comidas y postres característicos de esa época: arroz con gandures recién ‘esgranaos’ hecho al fogón, lechón ‘asao’ a la barita, pasteles con las viandas cosechadas en la tala de la casa, morcillitas picantes y sin pique, verdura ‘sancochá’, arroz con dulce, tembleque, majarete y dulce de lechosa. Y para completar, los hombres se mandaban el pitorro o ron cañita hecho en el alambique que ellos mismos preparaban. El ponche para las damas para a los niños: galletas florecitas, avellanas, nueces, dulces arrugaditos de pote y para completar coctel de frutas. Ese era el esperado momento de vestir tus mejores galas. La música se paseaba por el campo invitando a parientes, conocidos y aún desconocidos a unirse a las fiestas. Cuatro, güiro, guitarra y trovadores, todos unidos en celebración de la vida:

La virgen sagrada  se celebra en mayo,

flores le llevamos toditas las damas.

De la siciliana hice un macetero.

Lo hice con esmero, gracioso y de origen;

lo llevo a la virgen en el día primero.

Casi me siento güiro, casi me siento cuatro, casi me siento guitarra; porque así somos los Puertorriqueños, embajadores del arte y la alegría, esparcidos como el polen a través de todo el mundo.

A Mario Castro Correa y a todos
 
* los músicos de mi tierra*

martes, 28 de marzo de 2017

AMISTAD SIN LÍMITES





E

s la hora del almuerzo y Leticia se afana por terminar de poner la mesa. "Tengo que apresurarme", le decía a su niña mientras vertía las papas majadas en un plato. "Ya pronto llegan tu papa, tu tío... ah, y abuelito René". En realidad abuelito René no era de la familia. Era sólo un vecino que no tenía familia y al adoptarlo siempre lo llamaban de ese modo. A él sólo le faltaba mudarse con la familia, pues gozaba de su plena y total confianza.  Era muy bonito ver cómo toda la familia compartía junto a él.

Abuelito René era muy divertido y todos sentían una gran admiración por sus historias y sus amenos chistes. Era poco menos que un ser perfecto, aunque a Leticia a veces le parecía que había algo en él que denotaba tristeza e intranquilidad. Ella pensaba que tal vez extrañaba a su familia y por eso a veces lo notaba distraído y taciturno. Ella era como su hija, tanto así que se encargaba de lavarle la ropa, le preparaba comida y él compartía las tareas de la granja con Felipe, el esposo de Leticia.

La niña de la pareja siempre andaba detrás del abuelo. Para él, ella era la luz de sus ojos. Abuelo René era el dueño de Toti, un perrito travieso y juguetón, fiel compañero de la niña. Se pasaban todo el día jugando, se restregaban en la tierra y corrían a campo abierto. Toti mordía a la niña suavemente y la niña a su vez reciprocaba sus mimos. Era una amistad hermosa donde el complemento era el dulce abuelo, siempre amable y de buen humor. "Recuerda que tú eres mi princesita", le decía el abuelo mirándola a los ojos y la niña, en su purísima inocencia, se derretía de amor.

A veces la niña se sentaba en la falda del abuelo con un libro en la mano para que él le leyera un cuento. Más de una vez el abuelo tuvo que llevarla a su cama porque se había dormido en sus brazos. Para los padres de la niña todo era muy normal porque ella no tenía a sus abuelos, así que abuelito René vino a ocupar ese lugar que estaba vacío. La madre estaba feliz pero, a veces un presentimiento extraño le fulminaba el pensamiento y el alma. Ella se decía: "No, todo está bien. No te preocupes, todo está bien". Ella confiaba totalmente en abuelo René y por nada del mundo haría un comentario que dañara la felicidad y armonía de la familia. "Abuelo René, mañana tenemos que ver qué pasó con la verja del lado norte. Parece que las reses se están escapando por algún lado", le dijo Felipe. "No te apures mi'jo, yo mañana salgo tempranito para investigar", contestó el abuelo. Luego se fue a dormir junto a Toti. Esa noche el abuelo se sintió más extraño que nunca. Desde hacía tiempo se iba a dormir sintiendo el recuerdo de la suavidad de la piel de la niña. Un demonio lo torturaba, un horrible demonio de lujuria. Deseaba con toda su alma serle fiel a esa familia que lo había adoptado con tanto amor, pero el deseo carnal lo derrotaba. Ya le había hecho unos avances indebidos a la niña. Inclusive, la había tocado como quien no quiere la cosa. "Qué haces abuelo, le preguntó una vez la niña". "Eso no es nada, mi'ja. Todas las personas que se quieren se tocan así de vez en cuando pero, no se lo digas a papá y mamá porque si les dices me voy a tener que ir y... tú no quieres que abuelito se vaya, ¿verdad?". "No, no quiero que te vayas, pero tampoco me gusta que me toques así". "Está bien pero, no se lo digas a nadie; este será nuestro secreto".

Durante esa noche, el abuelo soñó que la niña había crecido y que él era un hombre aún joven, con la suficiente fuerza y vitalidad como para hacerla suya. Después de todo, él merecía una mujer como ella, máxime que él la había ayudado a criar. Su mente y su cuerpo le habían jugado una encerrona que había estado alimentando durante meses. Él sabía que era una buena persona y lo que sintiera no era tan importante, siempre y cuando no hiciera nada indebido. Tenía la situación bajo control y nunca nadie se enteraría de su secreta obsesión por la niña. Tocarla realmente no era tan malo; después de todo esas son cosas que ella debe aprender y... "por qué no enseñárselas yo", pensaba. Además, no era su culpa. El diablo lo tentaba y qué podía hacer ante tan poderoso enemigo. Mil y una excusas atravesaron por su mente enferma. "Desde cuándo no siento el delicioso cuerpo de una mujer, esto es como para volverse loco. No puedo seguir con esta angustia adentro, tengo que hacer algo". Pensó en satisfacerse a sí mismo, pero dijo: "No, estos deseos son sólo para disfrutarlos con ella". El resto de la noche la pasó fantaseando y pensando lo mucho que desfrutaría si sólo la tocaba una vez más.

El día amaneció hermoso y como había acordado con Felipe, abuelito René se dispuso a salir a revisar la verja del lado norte. La niña se despertó y Leticia le dijo: "Nena, dale un beso a tu abuelito René". Ella se acercó y lo besó como acostumbraba, sólo que esta vez la madre notó una timidez repentina que no era muy usual en ella. Con todo y eso acalló su mente recriminándose a sí misma por los malos pensamientos. "Nena, ¿quieres ir conmigo a ver las reses?"  "Sabes qué abuelito, llévatela contigo porque Felipe y yo tenemos que ir de compras al pueblo. Ella siempre está jugando con Toti y creo que no te va a molestar mucho", le dijo Leticia.

Hombre, niña y perro se perdieron en el monte, mientras la madre y el padre se fueron al pueblo agradecidos por la ayuda que el hombre les prestaba. La niña corría con el perro delante del abuelo y él sentía cómo le verbeneaba la sangre en el cuerpo; sangre envenenada de deseo carnal insano: "Tal vez si la toco un poco no sea nada, así se me quita esta agonía y todo será igual que siempre". Trato de tranquilizarse, aunque sabía y sentía que su cuerpo había entrado inevitablemente en un reclamo de acción: "Mira para allá, tu papá tenía razón; la verja esta rota, hay que repararla", le dijo a la niña: "¿Qué dijiste abuelo?" "Que la verja está rota". "Ah...", dijo la niña mientras jugaba con el perro.

En un momento, huyéndole al perro, la niña se aferró a la pierna del abuelo. Entonces él la apretó contra su cuerpo y de ahí en adelante no la soltó más. Al principio la niña pensó que estaba jugando pero, al ver que comenzaba a lastimarla y a tocarla por todas partes, comenzó a gritar. Gritos y ladridos se esparcían por el monte, sin ser escuchados por nadie: "Abuelito, no... no me lastimes, ahhhh". "Sólo un poco, por favor", le decía el abuelo mientras la penetraba con tanta desesperación y tanta fuerza que la destrozo por dentro, hasta dejarla inconsciente. Toti ladraba y trataba de defenderla, pero todo era inútil. El hombre terminó su acto salvaje y entonces se dio cuenta del terrible delito que había cometido. "¡Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho!", sollozaba horrorizado al ver a su hermosa princesa muerta a causa de su terrible obsesión.

El hombre cavó un hoyo en la tierra debajo de un árbol y enterró a la niña. Presurosamente se alejó del lugar, llevando en su alma un arrepentimiento infinito. Vio cómo todo en su vida se rompió en pedazos. Nunca jamás volvería a ser feliz. Pensó en el daño terrible que le había causado a Felipe y a Leticia. Pensó en lo maldito que fue al querer arrebatarles la alegría de vivir para siempre a esos padres amorosos y todo por un miserable minuto de placer. Toti comenzó a rasgar la tierra con sus uñas hasta que desenterró a la niña que permanecía inconsciente. Durante tres días estuvo la niña viva y Toti permanecía a su lado, cuidándola de los animales salvajes, tal vez con la esperanza de que despertara para poder acompañarla a casa.

Mientras tanto, la familia, vecinos y policía la buscaban infructuosamente; el abuelo, la niña y Toti seguían desaparecidos. Todo era angustia y desesperación. La policía había llevado dos perros entrenados. Entonces Toti llegó ladrando, se paró frente a los perros y comenzó a dirigirse a ellos de manera tal que todos los que estaban allí se dieron cuenta de que estaba comunicándose y los otros perros lo estaban entendiendo. La policía les soltó la correa a sus perros y Toti los dirigió hacia el lugar donde estaba la niña semi enterrada. Para cuando la encontraron ya había muerto, víctima de una amistad sin límites que enajenó a sus padres, no permitiéndose ni siquiera un mal pensamiento.  Su madre se sentía destruida y a la vez culpable porque, aun presintiendo que algo inusitado rodeaba el pensamiento del abuelo René, no se atrevió a explorar posibilidades y se quedó callada siendo víctima del respeto estúpido, aquel que practican los que por no hacer sentir mal a la otra persona se mantienen al margen, aun presintiendo que algo anda mal.   Esta familia no le creyó a su voz interior y desgraciadamente todos pagaron el precio de la manera más dolorosa. 

Mientras tanto, en un terreno baldío, suspendido de un árbol, se descomponía otro cuerpo que pagó con su vida un estúpido y mísero placer.

"Cuando la voz interior te hable,

escúchala y créele".

jueves, 9 de marzo de 2017


 

 Nota:  Casi nunca podemos entrar a la fuente o las ispiraciones de un escrito, pero he decidido escribir la historia de dónde salen mis musas para crear LA INMORTAL por que creo que es importante para entender el relato. Espero que se disfruten esta historia detrás del relato.

 

 

La historia detrás del relato


L

a inmortal es una mezcla de total realidad y algunas pizcas de ficción. Su personaje principal, Matty, nace bajo el amparo de la gran admiración por una extraordinaria mujer llamada Doña Juana Bautista Arestigueta Díaz y por su amiga y vecina Melitona. Ambas mujeres compartían una amistad y ocasionalmente se reunían a disfrutar de una tacita de café en el balcón de la casa de Doña Juana. Entradas en edad , tenían muchas experiencias de las cuales hablar y muchos recuerdos donde se columpiaban sus suspiros en pos de la perenne añoranza de esos viejos tiempos que siempre fueron mejores.

 Era Melitona ese tipo de persona que nunca jamás reconoce la edad como sinónimo de vejez. Siempre limpia, con sus mejillas pintadas de rojo y olorosa a perfume Maja. Siempre utilizaba un turbante en la cabeza que combinaba muy bien con su ajuar.  En los últimos meses de vida, Melitona se sentía totalmente acosada por fantasmas nocturnos. En más de una ocasión salió despavorida de su casa para ir a refugiarse en casa de doña Juana huyendo de esos espantos a los cuales ella llamaba disisibles. De ahí surge esta palabra que le da un nombre a la experiencia que yo, en carne propia, viví durante 20 años. Esto me permitió como escritora poder describir con total claridad mental cómo eran esos disisibles que Melitona decía ver.

Para que puedan comprender a qué me refiero, debo contarles un poco sobre esta experiencia: Me casé a los 17 años de edad y me fui a vivir con mi esposo a la casa de los padres de él. Para este tiempo ya los padres de mi esposo habían muerto, pero en la casa vivía Doña Juana, quien era la madrastra de mi esposo y la que se había encargado de terminar de criarlo. El primer suceso extraño que experimenté fue que todas las noches, sin excepción, a la hora de acostarnos a dormir, éramos despedidos con un extraño golpecito en la persiana. Era como cuando alguien hace sonar la uña sobre un metal. Noche tras noche comenzaba yo a ver, antes de quedarme dormida y cuando estaba a punto de despertar, estos espantos que describo en el relato. Después de un tiempo construimos nuestro nidito de amor en la planta alta de la casa y adivinen qué: ¡los disisibles se mudaron con nosotros!  En los primeros años me asustaba, pero con el correr del tiempo me acostumbré a ver estas cosas que suponía que todos, al igual que yo, veían. Durante veinte años estuve creyendo que esto era normal y dejé de prestarle importancia porque, a pesar de estar en mi vida y compartir mi habitación, nunca me hicieron daño físico. Después de veinte años viendo estos disisibles, decidimos mudarnos a Estados Unidos. Entonces fue que realmente pude entender lo grave que pudo haber sido para mi salud mental aquella singular situación porque nunca más, estando fuera de esta casa-que amo mucho por cierto-he vuelto a ver un disisible.

 

Para comprobar mi versión sobre los hechos, existe otro pequeño detalle. Una vez hubo un huracán en Puerto Rico y la casa de mi mamá resultó dañada. Le dije que mi casa estaba disponible y que podía usarla todo el tiempo que necesitara. Mi mamá se mudó, pero a los dos meses regresó a su casa, que aún no estaba totalmente reparada. Cuando le pregunté por qué se mudaba si su casa no estaba lista, ella me respondió: "Es que en tu casa hay espíritus y no me dejan dormir". Luego me contó una experiencia muy fuerte que vivió en la casa que la obligó a mudarse.

Volviendo al relato, debo decir que Doña Juana, al igual que Melitona, guardaba para sus adentros esa muchacha joven que constantemente proclamaba a viva voz que: "viejo es el viento y sopla, viejos son los cerros y reverdecen". Ella era una mujer fuerte de carácter, muy trabajadora e inteligente. De ella aprendí una gran realidad que por lo general pasa desapercibida: El alma del ser humano jamás envejece. El cuerpo cede ante el reclamo de la naturaleza, decae, se arruga, físicamente los órganos internos dejan de renovarse, pero la esencia, el alma y el espíritu permanecen con esa dulzura y esa esperanza de la juventud. La niña de 15 años de Matty se quedó aferrada a su espíritu y esa precisamente fue la parte que rescaté de Doña Juana: su juventud eterna, su deseo de vivir. Ella traía recuerdos de toda su vida y de su propia habitación saqué el baúl del 1914, repleto de secretos y recuerdos, los cuales yo conocía por haber sido en sus últimos años de vida su confidente. Estuve con ella al momento de su muerte.  Se fue en paz pronunciando un nombre al cual se había aferrado en sus últimos años: ¡Jehová! Lo pronunció muchas veces, cada vez menos audible, hasta que finalmente se perdió el sonido, silenciándose su voz. La esencia de esa gran mujer fluye a sus anchas y mágicamente en este relato de La Inmortal.

El espejo es el complemento más importante de esta obra.   Es el que causa mágicamente la reproducción de una imagen por la reflexión de la luz, llevando la imagen invertida virtual respecto de la real que refleja.  Dicha imagen, según Matty, se transforma y es la causante de su malestar, considerándola responsable de su distorsionada y falsa apariencia. Ya no se veía hermosa, ya no se conocía a sí misma, sentía que su espejo la estaba traicionando. Ella estaba segura de su eterna juventud, la sentía dentro de todo su ser y defendía su derecho de disfrutarla.  Por eso, al final, colocó un manto negro sobre su amigo de tantos años para que su imagen actual no quedara atrapada en él y sólo quedara el recuerdo de la Matty de siempre, la inmortal.

Cabe señalar que La Inmortal fue merecedora del premio de Primer lugar en el certamen literario de la Sociedad de Escritores Gurabeños.  Este cuento cobra vida al ser presentado como obra de teatro por el grupo Artistas de la Calle. Mi señora madre, Amelia Correa Cruz, le da vida a este personaje y es precisamente ella la imagen en la portada de este libro junto a la joven Yaritza M. Rosa Castro, la otra Matty.

 

 

martes, 7 de marzo de 2017

LA INMORTAL


LA INMORTAL

 
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L

 
 
 
 
A INMORTAL

 "¡Hm! Matty, me parece que este antiguo espejo está comenzando a descomponerse. Esa imagen que refleja hoy luce demasiado distorsionada como para ser la tuya. ¡Condenado espejo! Tenía que descomponerse hoy; precisamente hoy que cumplo noventa años. ¡Dios mío! ¿Cómo llegué a esto? Es como si toda la vida hubiera sido sólo un sueño.

Cuánto tiempo perdido dormida en los laureles de la ignorancia. Cuánto afán, cuánta lucha. Qué inmenso trayecto he recorrido tras un no sé qué carente de forma. Ese no sé qué inexistente que algunos llaman futuro. Es un inútil correr tras una mariposa traviesa que jamás se deja alcanzar. Y al final... ¿qué queda? Una mujer a quien este espejo descompuesto le muestra una imagen vieja y desgarbada. ¿Vieja?, viejo es el viento y sopla; viejos los cerros y reverdecen. Tengo la fortaleza de un roble en pleno florecer y me niego a morir...

Ya he muerto muchas veces. Dejé mi adolescencia tendida en el monte como una hoja seca, cortando leña y cargando agua desde el pozo hasta el rancho. ¿La juventud...?, esa quedó sepultada en la pieza de caña; primero de pinche[1] y después regando abono. Pero los sábados, ¡ay, los sábados!; ese día moría inevitablemente en los inmisericordes brazos de Agustín cuando llegaba borracho. ¿Cómo es posible que alguien le pueda llamar vida a esto que, más bien, siempre tuvo fachada de purgatorio?".

Se miró en el espejo detenidamente y continuó arguyendo su extraño monólogo que se transformaba en diálogo con la Matty distorsionada del espejo. La otra Matty, la de afuera, sentía aún la lozanía de la piel y en lo profundo de su alma danzaba con gráciles pasos una hermosa adolescente de quince años:

-La Matty que vive en mí no se parece en nada a ti-le dijo a la imagen reflejada en el espejo-Eres una caricatura mal hecha, una broma pesada de algún sufrimiento viejo-La otra, la que estaba atrapada tras la frialdad alucinante del vidrio, respondió con toda la sinceridad maleada de quien está siempre a la defensiva.

 -Es verdad. No me parezco en nada a ti, pero vives en mí. Soy tu refugio y tu cárcel, el premio a la longevidad. Soy tu futuro de ayer viviendo hoy. ¡Mírate Matty! Cada surco en tu piel es un camino andado, un caminar constante sin descanso ni tregua. ¿Hacia dónde?, hacia aquí. Vives en mí Matty... y tienes que aceptarme.

-¡Espejo mentiroso! ¿Por qué tratas de engañarme? ¿Por qué me muestras ese remedo de mujer tratando de disfrazar la realidad? Eres tú espejo, el que está viejo. Los años han desgastado tus verdades y te has convertido en un mentiroso.

Dando unos pasos atrás vio cómo su imagen se reflejaba casi completamente y olvidando su desacuerdo con el espejo, exclamó horrorizada: "¡Dios mío!, mira qué panza. ¿A dónde se fue ese cuerpo monumental que atraía miradas insinuantes? ¿Quién me lo habrá robado? Agustín... sí, me lo robó Agustín. Los partos y los abortos acabaron con todo aquello. ¡Sinvergüenza, bandolero! Y encima, también se muere. Más antes se pudo haber...".

Un quejido dormido despertó en su vientre, recorrió su pecho y reventó en agonía desde su boca hasta el infinito: "No se olvida nunca a quien se ha ido. El dolor y el amor permanecen unidos eternamente en silencio, agazapados, esperando la más mínima provocación para lastimarme. Es que... lo amé tanto", musitó.

Arrastrando su muy pesada existencia se dirigió a la sala, cargando en su alma joven una pena demasiado añeja como para ser de ella. Su sala era tan modesta y sencilla como toda su casa. Poseía sólo lo necesario para su vida cotidiana. Aún así estaba invadida de grandes y poderosos recuerdos que la mantenían viva: Un baúl del 1914 (ya casi desecho) que conservaba desde que tenía 16 años, vestidos de satín y encajes, protagonistas de sueños dulcificados nunca cumplidos, cartas de un antiguo enamorado que le ofrecía liberarla de las garras de Agustín, prendas: algunas de oro, otras de fantasía fina que viajaron con ella desde su más tierna juventud hasta el ocaso. Todo a su alrededor poblaba su mundo de figuras etéreas que desvanecían su soledad sólo con recordar.

Con cierta pesadez se sentó en la mecedora y sonrió al sorprenderse musitando un nombre: ¡Agustín! Luego enmudeció cuando otro pensamiento atrajo su atención: "Oh no, pronto llegará la noche". En ese momento quiso estar acompañada. Esas sombras que-alguna vez lejanas-fueron sinónimo de amor, ahora la horrorizaban. Sin perder tiempo fue a su habitación, se miró de reojo en el espejo y balbuceó: "¡Mentiroso!". Se acomodó en la cama con su libro de oraciones y la biblia. Las primeras sombras de la noche la sorprendieron orando. Al finalizar, colocó la biblia abierta en su mesita de noche para que la protegiera de ‘ellos’. Trató de conciliar el sueño, pero un sudor frío comenzó a mojar sus sábanas y un temblor inexplicable verbeneaba  en sus entrañas. Entonces se acurrucó en posición fetal y esperó a que llegaran. Lentamente fue sometida por el cansancio y se quedó dormida.

Repentinamente un fuerte zumbido rompió la paz de su sueño. Abrió los ojos y como todas las noches, allí estaban. Los latidos de su corazón se aceleraban al máximo. Su tembloroso cuerpo permanecía a la merced de sus temibles fantasías: "¡Oh, no!, aquí están otra vez. ¡Socorro...!, ¡auxilio...!; por favor, alguien que me ayude, los disisibles me quieren llevar". Veía cómo aquellas sombras atestaban la habitación agrandándose y encogiéndose. Eran monstruos que flotaban en el aire, alrededor de su cama, se deslizaban por el suelo y caminaban hacia ella amenazantes.  Aún el reflejo de la ventana que se dibujaba en la pared anunciaba la total invasión de disisibles en la parte exterior de la casa.

Cansada ya de su perenne agonía nocturna, se armó de valor y comenzó a gritar: "¡Fuera de mi casa malditos disisibles, malditos... malditos!". Entonces, en un esfuerzo sobrehumano, Matty traspasó la barrera física, liberándose de la tremenda pesadez que la mantenía en cama. Tan enojada estaba con sus espantos nocturnos que no se dio cuenta de cómo llegó al medio de la habitación. Tan sorprendida estaba que no sabía cómo era posible que estuviera danzando con los brazos extendidos, liviana y sin dolencias. Tan confundida estaba que no se percató de cuándo ni por dónde se fueron los disisibles. ¡Tan feliz estaba que todas sus pesadillas y dolores anteriores fueron perdonados por ella!

Se acercó al espejo y se vio en la cama dormida, todavía en posición fetal. Pero ella sabía que la imagen del espejo estaba equivocada. ¿Cómo podía reflejarla en la cama si ella estaba frente a él, de pie, moviéndose?  Agitó sus brazos frente al espejo tratando de verse, pero era inútil, pues su imagen no se reflejaba. Era ahora, en este momento, cuando más necesitaba mirarse en el espejo. Sus brazos, su piel, toda ella había sufrido una metamorfosis que veía con extraordinaria claridad. Sus piernas habían adquirido la fuerza de su temprana juventud y aunque no podía verse el rostro, sentía la tersura de una piel joven: "¿Qué te pasa espejo? ¿Por qué no me reflejas ahora?" Trató de agarrarlo con fuerza para sacudirlo, pero sus manos traspasaron la vieja madera. En ese momento se dio cuenta del gran valor de su siempre incondicional espejo. Ningún ser humano conocería su rostro, a no ser por el servicio eficiente de un buen espejo: "Y ahora, ¿cómo voy a mirar mi rostro si mi espejo está descompuesto? ¡Despierta espejo, despierta!". El espejo permaneció con la misma imagen de la Matty dormida, mientras que ella, rozagante y repleta de vida, le pedía que le regalara un reflejo más: "Espejo, espejo, espejo...", Pero él nunca contestó. Hubo un momento de silencio absoluto ante el descubrimiento que recién había hecho.   Instintivamente extendió su mano derecha alcanzando una pieza de tela de satín negro y con toda la solemnidad de su alma la extendió sobre su amigo para cubrir con ella su último reflejo, la imagen de la Matty inconforme que se había quedado atrapada tras el frío cristal, congelada en el tiempo.  

Entonces, reconoció lo que había sucedido. Sí, ya no había duda alguna, este era el fin. Siempre lo había sospechado, es más, a pesar de su dolor sabía perfectamente que algún día tendría que suceder. Su amigo fiel, su compañero de toda la vida, se había terminado de descomponer. ¡Su espejo había muerto! 

 

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Modelo: Yaritza Rosa Castro



 
 
  Dedicado a  mi señora madre Doña Amelia correa cruz ,
 Quien protagonizaba  este personaje en las puestas de teatro.
Y a mi querida
                    Doña Juana Bautista Arestigueta Díaz,
                        Quien inspiró en lo más profundo de mi alma 
                el personaje de  
         Matty, La inmortal.




 

 




[1] Pinche:  Palabra que se utiliza en los campos de Puerto Rico para referirse a la persona encargada de llevarles agua a los trabajadores, especialmente a los de la caña. Generalmente utilizaban para estos menesteres a muchachos muy jóvenes, ancianos o mujeres.